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La comida rápida, una alternativa cuestionable

La comida rápida o fast food es uno de los tipos de alimentación más criticados por sus nefastos efectos a nivel nutricional, derivados de su alto consumo.

Tanto es así que la mayoría de las veces se la pone de ejemplo a no seguir en una alimentación sana y equilibrada. No es casual que identifiquemos la comida rápida con las hamburguesas, pues se trata del producto del cual surgió este concepto.

La comida rápida, una alternativa cuestionable

Sus precursores fueron los hermanos McDonald, quienes idearon un proceso estandarizado de servicios de hamburguesas, caracterizado por un coste bajo, una gran rapidez y el autoservicio. Más tarde se empezó a desarrollar el sistema de franquicias que conocemos hoy en día.

No cabe duda de que el proceso de comida rápida que ha gozado de mayor éxito en toda Europa es la pizza. Hoy en día encontramos pizzas en panaderías, cervecerías, establecimientos de comida rápida y en todo tipo de restaurantes.

También disponemos de una gran oferta de pizzas en los supermercados, tanto congeladas como refrigeradas, además de ser el producto de servicio a domicilio más exitoso.

En el caso de España, la expansión de estos establecimientos, ha coincidido con el desarrollo de algunos cambios sociales, como el aumento del número de comidas que hacemos fuera de casa.

También hay que destacar que el desarrollo de la comida rápida también se relaciona con cambios más profundos en los hábitos alimentarios españoles. Hay que enmarcar la comida rápida en una creciente rapidez de nuestros comportamientos alimentarios.

Rapidez que se refleja en la forma de cocinar, reduciendo el tiempo que le dedicamos a elaborar la comida y también a la hora de comprar, al disminuir el número de establecimientos en los que compramos y al intentar reducir la frecuencia con que se va a comprar.

Uno de los ejemplos principales de la disminución del tiempo dedicado a la cocina en los hogares españoles, es la evolución de los platos preparados. En el año 2003 los productos más consumidos eran las sopas y las cremas, seguidas de los platos de carne, los de pescado y los vegetales.

Más allá de todos los factores indicados hasta ahora, hay que situar el éxito de la comida rápida desde la perspectiva del placer y de su bajo coste. Por eso acceden a su consumo amplias capas de la población. Los productos que componen esta oferta gustan y son baratos, ello es la base de su éxito y su expansión.

Lo cierto es que resulta difícil establecer hasta que punto la comida rápida afecta negativamente a los hábitos alimentarios de la población o como incide en el aumento del riesgo de la obesidad.

Es evidente que la asistencia recurrente a los establecimientos con una oferta más calórica es desaconsejaba dietéticamente, pero que también no tiene por qué suponer un impacto negativo si se enmarca en unos hábitos equilibrados.

Así, para valorar su impacto, debemos relacionar el consumo de comida rápida con el conjunto de comportamientos alimentarios del individuo. Aquellos que en el resto de consumos siguen criterios adecuados para conseguir una alimentación adecuada y equilibrada no van a experimentar un mayor problema.

Sin embargo, cuando a una asistencia frecuente a este tipo de establecimientos se le suma una alimentación general poco variada, o unos hábitos de consumo desestructurados, si que existe un riesgo importante de sobrepeso.

En definitiva, hay que destacar que la asistencia a establecimientos de comida rápida no se relaciona necesariamente con malos hábitos alimentarios, porqué en ellos también se ofrecen platos sanos.

Eso es algo que la creciente diversificación de la oferta viene evitando y que en definitiva, depende del interés de los consumidores por su propia alimentación y de la lógica con que se tomen las decisiones.